Gran Hermano: el infierno “encantador”



Hace ya dos meses, 18 jóvenes (9 mujeres y 9 varones) iniciaron su “convivencia” en la casa construida para el programa Gran Hermano, realizado por Telefé en base a un formato de la empresa Endemol, de Holanda.
Más allá de la sugerente circunstancia de que los jóvenes desarrollan su existencia en un ambiente estricto de encierro y vigilancia total (en parte, remedo del libro de George Orwell que presta su título al programa), bajo un contrato con la producción que desconoce derechos fundamentales de los participantes (tal es así que se ignora el contenido de la mayoría de sus cláusulas, pues su principal característica es la de ser secreto, por leonino y ultra abusivo), lo cierto es que las condiciones degradantes a las que son sometidos estos pibes han llegado a la pantalla, y no sólo no se esconden en “acuerdos” contractuales de dudosa legalidad y nula legitimidad, sino que son el condimento esencial de la propuesta del programa.
Una de las principales características de esta edición de Gran Hermano es el afán, confesado, de generar entre los participantes la mayor cantidad de conflictos posible. Espacios reducidos, un solo inodoro para todos los participantes, horarios limitadísimos para hacer uso del agua caliente en las duchas, son sólo algunos de los elementos que la producción ha introducido para generar un ambiente de discordia e incomodidad, fuente casi segura del efecto buscado: la pelea entre los habitantes de la casa.
Pero hay más: la propuesta abunda en otros recursos que tienen como fin lograr una especie de riña de gallos humana, con “ideas” que se internan definitivamente en el campo del sadismo empresarial.
En las primeras semanas del programa, los participantes perdieron el 90 por ciento del escueto presupuesto con que contaban para comprar comida, al perder una de las “pruebas” a las que son regularmente sometidos, y debieron arreglarse con aproximadamente 1,50 peso diario por persona para cubrir esos gastos. Más tarde volvieron a estar en esta misma situación, que generaba escasez de comida (se la pasaron comiendo harinas) y máximo racionamiento de los cigarrillos (con la consecuente abstinencia, fuente de ansiedad, malhumor y lo tan buscado... ¿adivinaron? Sí: peleas).
En una de las pruebas, para no sufrir la misma situación de escasez fueron obligados a soportar una semana durmiendo un total de 21 horas, lo que significó que sólo pudieran contar con 3 horas de sueño por día; lo que cualquiera sabe que presenta riesgos para la salud (qué duda cabe) y que terminó generando el debilitamiento general de los participantes, uno de los cuales (una chica) debió ser atendido por sufrir una aguda infección urinaria como consecuencia del experimento.
En otra de las pruebas debieron permanecer atados unos con otros, cual prisioneros, durante lapsos de horas y a lo largo de una semana.
No hay duda: Mengele vería este programa.
Cabe aclarar que estas críticas no se basan en una moralina, ni, por otro lado, en un análisis de fondo de lo que debería ser una buena televisión (que podría haberla). Ni siquiera se fundamenta en una particular simpatía por los diversos integrantes (el casting de selección de participantes se ocupó de garantizar algo: la mediocridad intelectual de los protagonistas, por no decir que son todos bastante bobos, e incluso no demasiado simpáticos).
Se trata de indignación frente al hecho de que el negocio de la televisión se alimente cada vez más abusivamente de las ilusiones de trascendencia de los jóvenes, a quienes sólo se les ofrece, como alternativa al trabajo semi esclavizado, a la desocupación, a la falta de un futuro que den ganas de vivirlo, una posibilidad de fama que casi nunca llega, y que cuando lo hace debe pagarse con humillación.
Se dirá que los participantes algunos beneficios tienen. Y... sí: se pasan unos meses en una casa con pileta, se hacen famosos (al menos por un breve período: un “pedito” en la cloaca de la TV), y el ganador se lleva un premio de 100.000 pesos (antes de impuestos). Esto último ha generado debate entre aquellos comentaristas que no están vinculados directamente a Telefé, por el bajo monto del premio, sobre todo considerando que en las primeras ediciones de Gran Hermano se pagaba una suma de 200.000 pesos/dólares al ganador. La cifra actual también se torna inconsistente al analizar la cantidad de dinero que el programa recauda por las diversas vías: publicidad a lo largo de las aproximadamente 20 horas de programación semanales en TV de aire; publicidad en cable (donde Gran Hermano se ve las 24 horas del día); Internet (donde también se puede ver durante todo el día, con cámaras exclusivas para los usuarios de Speedy), además de la millonada de pesos que se recauda con los mensajes de texto que la gente envía para definir quién abandona la casa (el mismo Jorge Rial comentó, en la última eliminación, que se recibieron más de 500.000 SMS para esa sola ocasión).
En este marco, el escaso monto del premio responde a un criterio muy asumido en ciertos negocios, al cual los dueños de Telefé parecen adherir: ¿alguien ha visto a un mono de circo o un ratón de laboratorio cobrar por su trabajo?

Ernesto Gutiérrez Ezcurra

3 comentarios:

Emiliano dijo...

Muy buena la critica Ernest.
Yo estoy de acuerdo con vos y solo se me ocurre agregar que de todos modos esta gente se somete a la humillación (algo que de algún modo vos decís) y que son unos pelotudos barbaros.
¿Viste Manderlay ? je je...

Te paso mi blog:
www.estadepenumbrashoy.blogspot.com

Ernesto Gutiérrez Ezcurra dijo...

Hola Emiliano. No vi Manderlay, ya mismo me la anoto en la lista de peliculas que deberia ver y siempre me cuelgo. Lo que decis de que los pibes se someten a la humillacion por pura voluntad. Si algo caracteriza a la realidad de los jovenes sin fortuna es la casi nula posibilidad de elección. Trabajar por dos mangos es también humillante. Un abrazo.

Ernesto Lago dijo...

De contratos y libertades
Los participantes son adultos, y saben que no están obligados a firmar un contrato si no lo desean. Ellos aceptan las condiciones a cambio de algo que consideran beneficioso. Más, conociendo de antemano las características del programa, siendo esta su cuarta edición.
Por otra parte, quizá por no ser abogado, no me interesa saber los detalles contractuales de una obra o espectáculo. Desconozco las cláusulas que firmaron Kubrick o Coppola, pero puedo asegurar que 2001 y El Padrino me fascinaron.

Superar pruebas
Los chicos participan de una prueba semanal, en que deciden libremente cuanto porcentaje desean apostar de su presupuesto. Si triunfan, aumentan su presupuesto. Si fracasan, disminuye. Como en la vida. Incluso, podrían apostar el 1%, o negarse a hacer la prueba. Se ha hecho. De todas maneras, nos quedamos tranquilos porque la comida la tienen garantizada. Tanto, que todos aumentaron de peso.

Intereses particulares
La mayoría de los participantes están mas interesados en el prestigio o la posibilidad de trabajar en los medios, que en el premio mayor. Ese es su interés, el del canal es tener audiencia y el del espectador es disfrutar del programa. A todos les sirve, nadie está obligado a nada. Siendo Argentina el pais con mayor penetración de cable en toda la región, hay propuestas para todos los gustos y ya no hay excusas: el que ve algo, de manera sistemática, es porque le gusta.

Nueva comunicación
Si mediocre es sinónimo de promedio, aplaudo el criterio del casting. Este tipo de programas parece ser parte de una nueva tendencia, la de sacar a los medios de comunicación del altar donde estaban y hacer protagonista al público.
Internet está a la avanzada, donde quien lo desea puede publicar contenido gratuita y libremente (este espacio es muestra de ello).