
El errante llenó la primera página de su diario en el viaje final a Voloh. En ella él inmortalizó a sus compañeros de la jardinera que lo transportaba, la tercera de la caravana formada aquél mediodía. Atrás habían quedado la clases dictadas en la UBA y la cocaína escondida en sus bolsillos. Dicen que, en medio del festejo por el primer aniversario del pueblo, contó por qué había llegado allí: pretendía que las crónicas de esta experiencia le hagan olvidar a su amante, peruana como él, criada en un circo, afecta a las anfetaminas y medio ninfómana.
Según cuenta, en la jardinera se sentaron siete personas: la flor y una mujer negra junto al conductor, hombre morocho que aparentaba unos setenta años; el ciego, el errante y dos hombres pequeños detrás, sentados sobre unas bolsas de arpillera.
El sopor silencioso del Chaco habría durado hasta que un brusco salto del vehículo los despabiló. Sería entonces que el viejo hombre de campo habría preguntado:- ¿Pá cuando vuelven ustedé a buenosaire? Y que Hirsh contestó que se quedarían por mucho tiempo; para luego presentarse ante todos los viajeros –Carlos, intelectual. Uno a uno se vieron entonces obligados a presentarse.
Además del errante, que se presentó como “Jonás, matemático y astrónomo”, dijeron sus nombres la flor, “Dalia, artista”; la mujer negra que dijo llamarse Ema y ser cocinera (tiempo después, mientras tenía sexo con uno de los compañeros de ese viaje, confesó que se llamaba Emerlinda y haber sido prostituta pero le daba verguenza) y el conductor, “Almirón, paraguayo”. Los pequeños de sombreros de paja y barrigas prominentes callaron. El errante les dedicaba en su diario varias paginas: durante mucho tiempo nadie supo como se llamaban. El humor de Voloh los bautizó entonces como Horacio y Hugo, en recuerdo de los hermanos Conzi, que llenaron paginas policiales por un resonante “hecho de sangre” (como decía Jonás).
La curiosidad, a Dalia -la flor de pechos tumultuosos- no le dio respiro durante muchos meses.