El cuerpo enajenado (1 de 4)

Introducción

En el siguiente ensayo nos proponemos abordar la problemática de la naturaleza humana, partiendo de la crítica que tanto Ludwig Feuerbach como Karl Marx realizan sobre la filosofía clásica alemana. Esta crítica a la concepción idealista del mundo, los va a llevar a buscar lo universal de dicha naturaleza en la naturaleza misma, es decir, en los hombres de carne y hueso, y no ya, como lo postulaba toda la metafísica anterior, en conceptos universales, imaginados en nuestras cabezas, válidos para todo tiempo y lugar, por fuera de la historia y toda materialidad.

Nuestros autores van a coincidir en que para saber qué es el hombre hay que buscar en el hombre mismo, no ya como individuo sino como ser genérico; sin embargo, es evidente que con esta afirmación lo único que se ha hecho es negar toda fundamentación de la naturaleza humana a partir de algo exterior a la naturaleza misma (Dios, la Idea, etc.); pero nada se ha dicho acerca del ser del hombre. Es partir de aquí que Marx comienza a diferenciarse de Feuerbach planteando que, si bien éste acierta en poner en lugar del Espíritu hegeliano al hombre sensible, real, menesteroso, se equivoca al no percibir el carácter histórico de la esencia humana cuando encomienda la realización de su plenitud a la fuerza aglutinante del amor. Pese a su crítica a Hegel, dirá Marx en la Ideología alemana, Feuerbach ha sido demasiado fiel al modelo hegeliano de la generalidad ética al construir su noción del género y la sociedad que propone fundada en la desmitificación y el amor, esto es aún una solución idealista.
Para Marx, en cambio, la esencia humana no es un dato inmutable, presente siempre en el individuo humano, aunque oculto, sino un proceso en el tiempo. El análisis del mundo del hombre no puede partir sino del análisis histórico de la reproducción material de la vida de los hombres. Dice Marx: “El total de lo que se llama la historia del mundo no es mas que la creación del hombre por el trabajo humano”.1

Nos proponemos entonces mostrar cómo a través del desarrollo de esta polémica, Marx, en los Manuscritos parisinos, encuentra en el trabajo la actividad vital, esencial, del hombre como ser genérico, pero que sin embargo en la moderna sociedad capitalista esta relación se torna inversa, es decir, “hace del ser genérico del hombre, tanto de la naturaleza como de sus facultades espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia individual. Hace extraños al hombre su propio cuerpo, la naturaleza fuera de él, su esencia espiritual, su esencia humana”.2


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1. Karl Marx, El capital (1864-1877), México, Siglo Veintiuno, 1977, cap. VII.
2. Karl Marx,
Manuscritos: economía y filosofía, Primer manuscrito, pp. 117, edit. Altaya, Barcelona, 1993.

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El octavo loco: las extrañas propuestas de Comte


La clásica definición de diccionario resume la vida intelectual de Auguste Comte. Nos enteramos de que nació en 1798, murió en 1857 y que además de ser el padre de la sociología también fundó el positivismo. Se nos explica que según Comte el hombre atraviesa tres estadios que son el teológico, el metafísico y el positivo. Finalmente accedemos a una breve enumeración de sus obras: Curso de filosofía positiva, Sistema de política positiva, Catecismo positivista.
Ahora bien, si por un lado la definición condensa de modo contundente los conceptos más conocidos del pensamiento comtiano, por otro lado permite la fuga de un proyecto científico-político que pocas veces se narra. Es verdad que un diccionario no es justamente un portador de complejidades críticas (pareciera mas bien lo contrario, algo así como un necesario hacedor de reduccionismos) y sin embargo, basta con abordar otros tipos textuales como el envejecido manual o el ensayo académico para corroborar los logros del mataburros. Hablando en criollo: el diccionario dice de Comte, palabras mas palabras menos, lo mismo que cualquier otro libro que hable del positivismo. Lo que “popularmente” se conoce del intelectual francés trae aparejado un juicio cristalizado, una indignación estándar. De este modo, es casi del sentido común universitario reconocer en ideas como el fenomenalismo, el progreso indefinido, las leyes constantes, la unidad de la ciencia, el laicismo y los posteriores aportes evolutivo-organicistas de Spencer, las bases del racismo y la justificación científica del gobierno de los más aptos, de aquellos que llevan la delantera en la lucha por la vida.
Sin embargo, a pesar de lo acertado del juicio, hay algo que se sigue fugando. En el título Catecismo positivista asoma la clave y adelantándonos en el tiempo, porque no, también en el discurso del Astrólogo, personaje de Los siete locos de Roberto Arlt:

“Así como hubo el misticismo religioso y el caballeresco, hay que crear misticismo industrial (...) Crear un hombre soberbio, hermoso, inexorable que domina las multitudes y les muestra un porvenir basado en la ciencia (...) Para la comedia del dios elegiremos un adolescente... Mejor será criar un niño de excepcional belleza, y se le educará para hacer papel de dios. Hablaremos, se hablará de él por todas partes, pero con misterio, y la imaginación de la gente multiplicará su prestigio...”

En La filosofía positiva: ciencia y filosofía de Leszek Kolakowski se cuentan algunas de las cosas que motivan esta suerte de artículo. Parece gracioso, pero no lo es. Las palabras de un desquiciado personaje de ficción argentina guardan asombrosas similitudes con las ideas más aberrantes y menos divulgadas de Comte: la llamada “religión positiva”.
El proyecto tiene por objetivo reemplazar a las divinidades mitológicas por la religión positiva, la cual necesita del mismo culto que, por ejemplo, el catolicismo. Para Comte, todo reside en la instauración de un “Ser Supremo” que determina los deberes y las necesidades emocionales e intelectuales de los hombres. Esta figura dominante es el “Papa positivo” que gobierna desde un templo también positivo que posee sus sedes, todas ellas idénticas, dirigidas por autoridades profanas. En estos lugares se vigila el desarrollo de la industria y la utilización de la mente con los fines prácticos de satisfacer eficazmente las necesidades del cuerpo. En cuanto a los días de la semana, cada uno de ellos debe llevar el nombre de los santos de la fe positiva.

Hasta aquí, algunos paralelos; no obstante, de la comparación con la novela de Arlt no siempre resulta un equilibrio: para el Astrólogo la futura sociedad se nutre del montaje masivo de prostíbulos que financian una revolución y en cambio, para Comte, mucho menos misógino por suerte, la figura femenina ocupa un espacio fundamental. En este sentido, la mujer es un ángel de la guarda que protege a la familia, institución central. Se establece así la existencia de una madre virgen que tiene por función primera la reproducción a través de la inseminación artificial que con el tiempo va regulando la cantidad de familias que constituye cada Estado positivo, que con preferencia necesita ser pequeño para poder ser gobernado con mayor facilidad.
Como se ve, el respeto de Comte por la mujer es una regla de primer orden. Lejos de la procacidad sexual de un arltiano, una especie de “aguante” por la conservación del himen se erige como virginal bandera.

Más allá de cualquier ironía, estas ideas de Comte no dejan de hacer ruido. De algún modo, la tranquilidad que supone hallar concepciones del estilo en una obra de ficción, se derrumba cuando lo que se que propone una producción de carácter “científico”. El positivismo no es solo una teoría de la dominación que encubre sus fines o los disimula; no es únicamente una teoría inocente mal interpretada en la práctica; no hay ocultamiento de determinados presupuestos, ni por asomo. Los problemas de salud mental que aquejaban a Comte no agotan en ninguna medida la evidencia de un interés de clase, cifrado en un discurso alucinado, pero oscuramente asumido por los sectores dirigentes de la generación del ochenta en Argentina, por citar un ejemplo cercano. La pretensión de verdad es lo que legitima al discurso científico como forma de dominación; pero bueno, para que seguir, ya lo dijo Foucault con mejores palabras y antes que Foucault muchos otros.

Entonces ahí los tenemos, todos desfilando por el camino de las mentiras que desde pequeños hemos creído: Papá Noel, Luis Majul, Dios, Gerardo Romano, Tony Kamo, Los Reyes Magos, María Laura Santillán, Racing, Ernesto Sábato, la educación gratuita, Wanda Nara y también la Ciencia con mayúsculas.
La misma que se propaga escuetamente en los diccionarios y manuales.


Pésame

Esa madrugada lluviosa deambulaba por las calles de mi ciudad, refrenando el deseo de faltar al laburo y atormentado por todo lo que le daba sentido a mi nombre. Llegando a la estación, acordonado en el lodazal, tomé la decisión.

Junto al pastizal que bordea las vías encontré a aquel hombre, mojado, barbudo y con ese maxilar perfumado. En sus ojos herrumbrados encontré la excusa para no ir. Sus balbuceos se convirtieron en un relato que atrapó mi atención.

Me contó que recién sus pensamientos se ordenaban. Aquella noche había sufrido una experiencia fantástica, tranquilo lo escuché.

La noche anterior regresaba de los fondos del bar de la estación cuando la pequeña jaqueca que tuvo todo el día alcanzó niveles insoportables. La transpiración inundó su cuerpo y su cabello hediondo. No pudo evitar agarrarse la cabeza. Y lo descubrió. La gorra verde y blanca había –literalmente- reventado. Su pelo abundante y grasiento afloraba por los retazos. El dolor de cabeza nubló su mirada.

Palpó entonces sus orejas, habían crecido. Tanteó tu frente, había crecido. Masculló un puteada en guaraní y corrió entre las vías. Hasta que cayó desmayado ante lo inevitable.

El fino silbido del último tren lo despertó. Quiso erguirse y no pudo. El peso de su cabeza se lo impedía. La acarició, aunque solo parte de ella. Había crecido, mucho. Tanto que su espalda amenazó quebrarse. Me confesó que casi se alegra. Un paralítico azuza más la culpa de los transeúntes. Sin embargo, volvió a la cordura y gritó. Nadie podía escucharlo ya…
Tieso como yo, se dejó llevar por el sonido de su relato. Le convidé un cigarrillo y me senté a su lado, sobre los pastos húmedos. Quiso compartir el cartón pero me negué, no estaba dispuesto a invitarlo a mi casa. Continuó.

Según sus cálculos, su cabeza había crecido hasta tres veces su tamaño original. Simétricamente, sus orejas, su boca, su nariz, sus ojos, se ataban al fino cuello. La llovizna agudizó sus sentidos. Pensó entonces en los motivos de aquel suceso.

Yo lo detuve. El alquiler alguien debía pagarlo. Quince minutos de relato no es tarde. Le dejé un cigarro más y me fui sin saber su nombre…ni el final.


Retratos Urbanos IV



Arte robado

Hace un tiempo llevo entre mis papeles un pequeño recorte de la revista Ñ del sábado 7/4. Quería compartir con ustedes el texto, de Eduardo Villar. Sin comentarios.


Piezas robadas y piezas exhibidas
De qué hablamos cuando hablamos de imperio

El subdirector del Museo Británico, Andrew Burnet, de visita en Alicante, España, estimó que el Museo de Bagdad sufrió en los últimos cuatro años -desde la invasión a Irak- el robo de 8.000 objetos y piezas arqueológicas. Burnet expresó su "tristeza" por el hecho de que "un pasado cultural tan extenso haya padecido semejante daño". Luego, como si los dos hechos no tuvieran la más mínima conexión, siguió con lo suyo: presentar la colección de 200 piezas de la cultura asiria (actualmente Irak) de entre los siglos IX y VII aC., que son propiedad de su museo y que se exhibirán hasta el 30 de septiembre en Alicante. La muestra se llama "Arte e imperio: tesoros asirios del Museo Británico". ¿Qué imperio: el asirio o el británico?

Retratos Urbanos III



Callado...

Callado...







...tipografía fetiche






Laberintos

incandescentes






Andar en si mismo













Tibios y
ardientes




Señores tribales...
...callados